lunes, 21 de julio de 2014

Acúseme Muerte.



Para: Yolanda De: Luis Enrique Mendez Rosas.


Acúseme muerte.

La he mirado terca,
Necia y pensante,
Hilarante enferma,
Sumisa, perfecta,
Detrás de tus ojos de fiera,
Ha sonreído dos veces apoderada,
De mis desquiciantes notas y letras,
Composiciones de Do y La, en mi cabeza.

Adorable mujer,  de mi ser la perfección,
De mi delirio insano y necio la mayor perdición,
Coqueta y convulsionante, belleza prieta linda,
A mi corazón magullado, conquistaste y reinaste,
En tiempos donde el olvido me había perdido,
Entre sangre de amores y lúgubres flores,
Pútridas y mal olientes carnes, festejantes, invalidas,
Con la noche y el tiempo cambiaste la forma nocturna,
De día la cosecha levantaste y de la noche tu amor sembraste,
Caminos necios, implacables del mundo, han hecho concierto,
El latir de mi corazón se ha convertido en serenata continua,
Percusiones únicas, pulcras del alma, danzan la rumba del alba,
Tras la figura que regocijan mis dedos, en pleno cortejo del alma,
Dos y tres deseos, el genio del  cártamo entinta mi ser flamante,
Colores nítidos alucinantes del roce y el canto continuo entre tus brazos,
Ha llovido pereza en tus cielos, de hombres que nunca movieron las manos,
Ingenuos de tus secretos ocultos a la vista del mortal inculto,


Esperando ser encontrados por estas pequeñas y frágiles manos,
Las que con ansia plena han explorado tus piernas,
Correteado tus ojos tras las praderas que delinean tus mejillas,
Y el hermoso lago que simula tu boca en donde mi sed sosiego,
Nos inventamos en las sombras, regenerando deseos,
Sostenidos de nuestros cuerpos juramos no dejarnos,
Ni lastimarnos en un futuro incierto,
Pacientes de la vida y gozantes de pecados,
Conocimos al dios del mundo, el que nos llama al amor,
El que nos quitó la bestial forma humana y nos reinó,
Otorgándonos la gracia plena y el resplandor del sol.
He conocido las penumbras pensando en tus pasos,
Los he vigilado inconsciente en mi cuarto,
Nunca nos hablamos de pecado, solo nos entregamos,
A lo que se destila del tequila y la crema,
A lo que encierra la piel en tragedia,

A nuestro amor en la dicha plena.

Luis Enrique Méndez Rosas 

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