Para: Yolanda De: Luis Enrique Mendez Rosas.
Acúseme muerte.
La he mirado terca,
Necia y pensante,
Hilarante enferma,
Sumisa, perfecta,
Detrás de tus ojos de
fiera,
Ha sonreído dos veces
apoderada,
De mis desquiciantes
notas y letras,
Composiciones de Do y
La, en mi cabeza.
Adorable mujer, de mi ser la perfección,
De mi delirio insano
y necio la mayor perdición,
Coqueta y
convulsionante, belleza prieta linda,
A mi corazón
magullado, conquistaste y reinaste,
En tiempos donde el
olvido me había perdido,
Entre sangre de
amores y lúgubres flores,
Pútridas y mal
olientes carnes, festejantes, invalidas,
Con la noche y el
tiempo cambiaste la forma nocturna,
De día la cosecha
levantaste y de la noche tu amor sembraste,
Caminos necios,
implacables del mundo, han hecho concierto,
El latir de mi
corazón se ha convertido en serenata continua,
Percusiones únicas,
pulcras del alma, danzan la rumba del alba,
Tras la figura que
regocijan mis dedos, en pleno cortejo del alma,
Dos y tres deseos, el
genio del cártamo entinta mi ser
flamante,
Colores nítidos
alucinantes del roce y el canto continuo entre tus brazos,
Ha llovido pereza en
tus cielos, de hombres que nunca movieron las manos,
Ingenuos de tus
secretos ocultos a la vista del mortal inculto,
Esperando ser
encontrados por estas pequeñas y frágiles manos,
Las que con ansia
plena han explorado tus piernas,
Correteado tus ojos
tras las praderas que delinean tus mejillas,
Y el hermoso lago que
simula tu boca en donde mi sed sosiego,
Nos inventamos en las
sombras, regenerando deseos,
Sostenidos de
nuestros cuerpos juramos no dejarnos,
Ni lastimarnos en un
futuro incierto,
Pacientes de la vida
y gozantes de pecados,
Conocimos al dios del
mundo, el que nos llama al amor,
El que nos quitó la
bestial forma humana y nos reinó,
Otorgándonos la
gracia plena y el resplandor del sol.
He conocido las
penumbras pensando en tus pasos,
Los he vigilado
inconsciente en mi cuarto,
Nunca nos hablamos de
pecado, solo nos entregamos,
A lo que se destila
del tequila y la crema,
A lo que encierra la
piel en tragedia,
A nuestro amor en la
dicha plena.
Luis Enrique Méndez Rosas
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